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Al desdén con el desdén

Ya estoy bien entrada en años, en años literarios. Sí, así podría llamarlos. Me han abofeteado tantas veces las editoriales y algún concursillo con enjundia (o sin ella) que he desarrollado una coraza medieval que me queda francamente bien.
Tanto guantazo facturado desde unas manos editoriales ya me deja bastante indiferente. Antes las tenía endiosadas y lloraba porque no me acariciaban, pero ellas preferían molerme a palos con su desdén.
Tengo las esperanzas muy magulladas, pero me reestablezco y recorro mi camino ajena a sus desaires. Hace tiempo que hago esto por el placer que me procura hilar esta prosa, estas historias, este desahogo...
Así que al desdén con el desdén.

Desarmado en la trinchera

–No venga más. No es seguro para usted. Pídale a una nieta que se ocupe de su compra.

Sí, así la despachó la cajera del supermercado. Doña Concha ignoraba si se lo había dicho al menos con una sonrisa amable en el rostro pues la mascarilla le emborronaba la cara y la voz juvenil de la empleada tenía que lidiar con aquel incómodo invento higienizante. "Las sonrisas ya no tienen sentido. ¡Qué gran pérdida! Han sido las primeras en caer en esta guerra", pensó Concha mientras apretaba el paso asida al galante brazo de su marido.
Caminó con ligereza e incluso con elegancia por la calle. Nadie hubiera dicho que la propietaria de aquellas piernas era una octogenaria. En cambio, su marido tuvo que detenerse puesto que las varices que le sobrevinieron a causa del largo encarcelamiento durante la Guerra Civil le abocaban a paseos pausados y disimulados ante los escaparates. Ahí se ensimismaba con el variopinto género sin hacer distingos. Televisores, medias, calcetines o unas botella…

Confinamiento

Niños; ruido, música, discusiones, juegos, risas, nostalgia, un poco de ira y otro tanto de histeria.

La metralla de Rayito

Debajo de la mesa había unas tricheras donde Rayito soltaba la metralla de su caca y de su pis. Era un perro de menos de un año, pero no había manera de que entendiera las nociones más básicas de eso que llaman compostura de animal doméstico, pues él era un salvaje, una fierecilla indomable que cagaba a los cuatro vientos a pesar de los paseos que su amo le endilgaba con la fe de que se animase a soltar lastre intestinal en un descampado.

Sin embargo, no había forma. Él se obstinaba en su letrina casera, y volvía con la tarea pendiente, los deberes sin hacer y es la terraza de su ático donde se explayaba. Ahí las plantas permanecían a buen recaudo de sus mordiscos gracias a que el animalillo permanecía atado la mayor parte del día.

Llegaba el mediodía y sobre el pavimento de la terraza descansaba el repertorio de la comida del día anterior tras una cita con el estómago y el intestino. Rayito era pequeño, pero cagaba como un tironosaurio rex al que le emparentaba una caca continua e i…

Tiempo que se va como humo por la chimenea por culpa de todo y de nada

Quise regresar. Me compré un mapa. Me aprendí el camino de nuevo y por aquí anduve en mayo deshilvanado mi última entrada. Hasta me compré un dominio y solté el lastre "blogspot". Pero ya está. No regresé más. ¿Razones? Pues acuden en tropel. Las voy contando. Trabajos freelance por aquí y por allá, tres hijos a los que cuidar, casa que asistir con sus impepinables (aspiradora, polvo, cocina, comida y trastos que se multiplican como los panes y los peces)... Yo, en medio, en este frente, guerreando, en pleno sitio, defiendo mi plaza, pero ¿cuál es mi plaza? Ah, sí, la del tiempo libre para hacer eso que una vez llamé vocación: leer, escribir, mi novela, esa que todavía no he fecundado, pero que miro mis días fértiles, mis días proclives para ello en ese calendario de la inspiración que dinamitaron mis hijos y el trabajo freelance de redactora...
Ahora degusto el silencio de este viernes. A mi alrededor respiran los enanos durmientes a los que Morfeo se ha llevado de parrand…

Oteando incestos made in Jose María Eça de Queirós

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Cuesta mucho instaurar una paridad literaria en el Gobierno de mis lecturas... Mi manía de altenar con los clásicos, contraer el virus de su buena prosa y que me cuenten una historia recreándome Sintra o Lisboa (lo que toca ahora), me ha llevado hasta Eça de Queirós. ¿Qué se le va a hacer? Me apeé en Carmen de Burgos y he vuelto a las andadas viéndome con hombres por las noches e incluso a pleno día y ¡delante de mis hijos! ¡Y ya estoy rumiando una de Balzac! No tengo remedio. ¿Qué será lo próximo? ¿Otra vez Dostoievski...? Mientras no vuelva al marrano de Henry Miller... Ya tramo regresar al Tristam Shandy que tengo aplazado en la librería a falta de la entereza sufciciente para acometerlo. La última vez me abatió en el primer round con un gancho de su prosa pantanosa y con cien mil referencias de hace tres siglos.

Con José María, con Pepinho, voy alegremente leyendo, aunque con 'Los Maia' me vuelvo a dar de bruces con un incesto.

–Ya es la segunda vez que me cuentas algo pa…

La fiesta eterna

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El tipo paseaba con el pelo bien teñido por las callejuelas del cementerio. Estaba seguro de que con aquel disfraz de juventud engañaría a la muerte. Así que paseaba tranquilo y sin temor a esos dolores que, de vez en cuando, se le declaraban en el cuerpo. Pequeños incendios que apagaba con una aspirina o un ibuprofeno eternizándose en el estómago.
También pensó que más que andar tenía que trotar como un veinteañero, de modo que le imprimó un brioso diapasón al asunto.
Las arrugas hacía tiempo que las tenía metidas en vereda ya que un planchado mensual con su experto en estética dejaba su cutis terso y listo para asombrar.
Así de regocijado por su aspecto, pensó que aquel skyline de cruces, panteones y esculturas funerarias jamás le tendría como miembro destacado de su comunidad. Pobre, no sabía lo que se estaba perdiendo porque allá abajo, aunque hacía tiempo que no quedaba en pie ni un brazo ni una pierna incorrupta, las juergas eran constantes.
Sí, las almas de los fallecidos viaj…