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Mostrando entradas de 2007

El ponche de los deseos

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La última entrada del año, y hoy, según Michael Ende, es el día del ponche de los deseos. La víspera prefecta para cocinar un ponche de ingredientes inverosímiles...

Yo hoy sólo quiero cocinar un remedio para esta garganta asediada por un virus incapaz de desatar un resfriado, pero, también, incapaz de largarse con sus dolores al tragar hacia otra pista o chimenea donde se celebre la Nochevieja. Porque... aquí no va a suceder nada de eso.

Aunque, estoy harta de decirlo y las entradas de abajo reproducen la idea: Estoy terminando mi novela. Aunque es difícil porque la decoración y el orden de los muebles, esos palabros que rellenan mi casa literaria, me obsesionan...

Da igual, a todos los Papá Noeles que caen por esta chimenea:

Feliz año, dicen que en 2008... sucederá.

La preparación vital (terminada)

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-Ay!, mis títulos. ¡Qué justos laureles bordean mi nombre!

El hombre, un tipo de unos treinta años, en edad de desposar una mujer y lucir, por tanto, un promontorio de oro en uno de sus dedos, siguió adorando la visión de sus certificados. Después encendió un cigarro, porque la contemplación es siempre más hermosa e interesante cuando una columna de humo alza su perfil fantasmagórico en el aire, mientras que el trasero fue a besar uno de los bordes de la mesa.

“Tengo dos diplomas, nada más y nada menos. Mi título de licenciatura, además de un máster en el extranjero. Dos comodines que me harán pasear por esta vida con seguridad y desparpajo”, pensó.

Siguió observando, encendió un tercer cigarro, y la habitación, pequeña y escasa, empezó a adquirir la atmósfera de un cementerio en pleno rodaje de película de serie B, pero el hombre permaneció contemplativo, arrugando los labios con cada calada y satisfecho de ser un césar de los títulos.

“Soy un tipo afortunado, preparado, armado con las …

El alfaguarero don Santiago Rocangliolo

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Una vez el alfaguarero Santiago Rocangliolo escribió una entrada nada sabia en su blog.

Recuerdo cuando el muchacho era una maqueta de escritor de la editorial susodicha. Debutaba en el Gran Mundo con su Pudor y su apellido había que ensayarlo un par de veces con la lengua para poder salir airosa de aquel trabalenguas peruano.

El Rocangliolo era un hotel Baliconstruido en la costa de Benidorm y eran necesarias las huestes de la mercadotecnia... y qué mejor que darle el dossier de prensa de su primer libro a los alumnos del máster de la Agencia Efe.

Pues bien, recuerdo su entrada, su nada sabio post, amnésico de sus comienzos, del primer paso por este mundo de letras...

Hablaba de un chico que se le había acercado con su primera novela, con sus mil folios de primera novela... quién sabe si era Joyce reencarnado en debutante, si era Cervantes con un escrito sobre la reencarnación del Quijote...

Daba igual. Don R. se puso gordo con su verbo irónico. Se creyó en el filo de la grandeza, y se pu…

SE ALZA EL TELÓN

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Le dije al señor WinstonSmithque le invitaba a mi casa, y él se ha paseado con su barriga expresidiaria (antes vivía en 1984, bajo la mirada refunfuñona del Gran Hermano) por mi novela.

Daba gusto verle entrechocando su mano novelesca con mis personajes a los que saludaba como un enterado de la vida que aconseja a los recién nacidos:

-Tú nunca digas esto o aquello. Deja que te adoren los lectores y a ti que te odien. Amaos mucho, y decid cosas que sintáis, no seáis aparentones, sed sinceros -decía el gran Smith mientras paseaba a su consorte Julia por los decorados de mi historia.

Después se han sentado en la platea, deseosos de que el telón se evaporara como por ensalmo de la lectura del primer capítulo.

Estoy entre las bambalinas, pasando lista al argumento, a la gramática, ortografía, personajes y suspense de mi novela, y si me asomo (si logro perforar con mi testa las cortinas rojas y doradas de este teatro imaginario) puedo ver al Gran Smith haciendo arrumacos a su Julia.

Ambos aguard…

A vueltas...

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A vueltas con los Universales periodísticos... y todo porque dejé al azar que decidiera por mí.

Nada más entrar en esa sala presuntuosa, con una mesa redonda (nunca creyó rel rey Arturo que su ocurrencia tuviera fines tan bajos), y el primer número del periódico enmarcado y rebosante (como una mala cerveza) de las firmas de los antecesores redactores, pues eso, nada más entrar, una ojeada a la llanura y pedí a mi vocación que no me abandonara. Ese ángel de la guarda tenía que estar sentado junto a mí, erguido y bien instruido en su silla para luego comenzar a brincar con su verbo irónico.

Gracias a Dios, el animalito se comportó y estuvo a mi lado, a pesar de mis veintiocho años sigue sin abandonarme, tiene fe en mí. Ambos dijimos que no y escapamos.

Gracias, vocación. Yo la tengo en ti. Espero que no nos defraudemos, el objetivo, según dicen otros ángeles, se halla en una enciclopedia de bolsillo.

EL UNIVERSAL PERIODÍSTICO

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Hoy he estado en la versión periodística de El Universal, el gran banco imaginado por Zola en su obra El dinero. Esta vez el señor FosterKaneno remoloneaba por ahí, haciendo el pánfilo y preguntando a los transeúntes si habían visto su dignidad (algunos dicen (YO) que la dignidad, cuando se pierde, es como un sombrero pisoteado por las muchedumbres).
Foster no estaba, y no sé qué hacía yo volviendo a atravesar el trance de oír la conferencia del imperio periodístico con su mensajero apasionado pero aburriéndome porque me agota el egocentrismo empresarial.
Por supuesto, el salario mísero y las horas tan abundantes como la arena de una playa.
Había que encontrar al gato encerrado y lo he hallado.
El gato ha salido a maullar y yo, como una heroína felina, he retornado a la sombra de mi árbol vocacional.
FosterKane está a punto de cumplir 25 años, sigue sin encontrar su sombrero y sé que nunca lo hará.

LA DES-HIBERNACIÓN

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Este puente, mientras algunos vuelan en sus alpargatas asfálticas, yo, señores, me dedicaré a refiniquitar la última corrección de mi novela. Ya ha reposado y es hora de que la lea con estos ojos claros y objetivos que el tiempo me ha dado.

A las ocho de la mañana, cuando me dirijo a recoger el correo de mi nuevo trabajo temporal que me proporciona el sabor de la economía de un país (pagarés, facturas, albaranes, clientes, bancos...), pienso en mi novela; atascada en la librería de mi cuarto, con sus letras roncando de pura hibernación literaria... pienso en ella, y en el registro de la propiedad de la mente, y en las editoriales, y en correos (de nuevo) y me visualizo a mí, enfundando la novela en un sobre y soportando la mirada funcionarial del tipo de Telégrafos... (Qué pensará de mí? ¿le pareceré una loca, una exótica?)

Da igual lo que piense ese señor, porque yo, señores, he dejado que la carretera de mi imaginación llegara a un sitio, y ese sitio es CSB.

Da placer tomar el sol en …

Toda mi vida he sido un...

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Si tuviera que contestar a la trascendental pregunta de mis razones para esto; para escribir, diría:

Que de otra manera no puedo existir, que de la otra, sin escribir, sólo existe mi cuerpo, y que mi mente se contrae bajo el andamio de piel y huesos.

Que si no lo hago, la mente se rebela y empieza a segregar venenos, los de la mala conciencia. Que desde que tenía los mínimos dígitos navegando sobre la tarta de cumpleaños, he tenido esto ahondando y perforando el organismo en busca del petróleo de mi "talento".

Que Toda mi vida he sido un detective fue mi primer proyecto de letras cuando todavía los seis años se atrincheraban como duendes en mi sonrisa, que desde entonces lo he sido, que podría haber subtitulado Toda mi vida he sido un escritor, que da igual que lo consigas o que no, pero que el intento y este dulce preámbulo, las puertas del templo al que se quiere entrar, son una mágica contemplación cuando sabes que, algún día, estarás dentro.

El banco en números rojos

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La salud es un ser sin importancia, una nebulosa de posesiones, una abstracción metida en el banco cuando una es una criaja y la abuela regaña por difamar el buen nombre de la salud con un "Bah" ignorante cuando se habla de ella.
-Yo pido dinero y una casa grande con perros. La salud no importa -dice la niña con mejillas redondas e inmunes todavía al aplastamiento de los años.
Y la abuela frunce esa piel enfurruñada ya, porque no hay manera de planchar sus enfados que han quedado como estatuas en su rostro.
Después, como es normal, los años pasan. Y la salud va adquiriendo forma, y el banco empieza a perder el crédito que tenía cuando todo esto empezó: la vida.

Nota: ando bien de salud, (es una reflexión) y todos los míos (nuestros) también, que no se alarme la hermana en el otro continente.

POR FIN, SONARON LAS CAMPANAS

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¿Qué es lo que ha pasado? Una no sé qué técnica ha venido y me ha dejado los próximos meses patas arriba. La última en llegar es la primera en irse cuando estas cosas se ponen a rugir en las empresas: una quiebra técnica.

Si, en realidad, yo estaba deseando que sonaran las doce campanadas para escapar.Entonces, ¿por qué esta cosa rara? Es que así no tenían que sonar.

Al menos sigo siendo una freelance para el periódico de inmigrantes.

Novela mía, si tú quisieras, quizás esto se acabara. Pero sigues ahí anónima y esperando a que mi mente se desempache de ti para volver a empezar. A ver cuando el mundo se empacha contigo...

MOULIN DE LA GALETTE

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Tengo dictada una orden de alejamiento. Pero expira dentro de una semana, hasta entonces no me podré acercar a mi novela.
Será lo mejor, la he releído tanto que las letras ya no se pueden ni ver y mi objetividad tiene un empacho de mi prosa.
Estoy segura de que es lo mejor, mientras tanto trabajo un poco y leo retóricas e imaginaciones ajenas que ya se encumbraron y ya fenecieron.
Pero es que necesito escribir y por eso estoy aquí. El mono de la heroína de la novela trato de curármelo con algo más light: un blog.
¿De qué puedo hablar? No sé, no quiero inventar historias. ¿Podemos hablar del Moulin de la Galette? Sólo puedo ver una foto suya, parece que está al lado del cementerio de Perè Lachaise, a un paso de la tumba más ilustre.
Me traje esa agenda de París hará siete años, en un interrail experimental donde quise toparme con los mal muertos (ya saben, esos que están a medio morir, que tienen ataudes y la nada de polvo por cuerpos, pero siguen diciendo mucho en este mundo). Me fotogra…

Martin buscando el Edén

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Se llamaba Martin Eden. Era guapo, robusto como un roble centenario -aunque él tenía 21- y un marinero de ojos achicharrados por los cien mil horizontes exóticos por los que había navegado.
Era ignorante, pero tenía la suficiente sabiduría para saber que había que aprender e ilustrarse. De modo que se metió en las bibliotecas para comer libros durante meses y emergió con el sueño de que quería ser escritor.
Se curtió en mil batallas con las palabras, narró muchas historias que enfrascó en sus sobres con destino a los periódicos cuyos nada visionarios dirigentes le decían que no.
Pero él volvía a sus narraciones, y yo no soy quién para continuar, pues esta historia pertenece a Jack London.


Por cierto, perdonad mi ausencia pero es que esos días volvieron:


La vena quijotesca

Las lagunas de la enciclopedia

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Maximiliano estaba feliz, rechoncho con su sonrisa que se expandía de muela a muela y le dejaba a él como dueño de semejante dentadura.

Había vendido solamente un cuadro, y eso sigificaba que ya podía compararse con el genio de Van Gogh. Ahí estaba la causa de su alegría. Ahora, estaba seguro, su nombre iba a ser un tipo feliz de la enciclopedia.

Abrió la nevera que le servía como armario porque el motor no funcionaba y siempre conservaba los alimentos hasta donde la providencia mandaba. Tan sólo dos días y la mencionada providencia le decía que la leche era una ciénaga blanca donde sus tobillos hubieran podido repostar hasta convertirse en una estatua, y es que iba camino de mutarse en una de ellas; no vendía cuadros, vivía en la indigencia, y eso, en los artistas, son indicios.

Indicios de genialidad maltratada por un siglo ignorantón. Basilio alzó su copa de leche a punto de enranciarse y brindó por la posteridad mientras contemplaba su primera obra vendida.

De repente, se prendió uno …

Los días inmigrantes

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He tenido dos meses y medio de un no se qué de alma familiar, todo en casa, recogido, con perros, y sobrinos que despiertan al segundo año de su vida.
Pero hoy trasnocho con los días inmigrantes, casa por donde bosteza la soledad, y los perros son los únicos que se quedan a falta de una muerte que no visita cuerpos sanos.
Mi novela anda hinchándose como un globo, de esos que le dije a mi Noah que en cuanto se pinchan se piran al país de los globos. Ya ando por la ciento cuarenta y tantas, trapicheando ideas con mi no moleskine, y mi Toshiba guapetón de menos de un año.
Pero en cuanto anochece, soy una recelosa de las estrellas y guardo todo bajo colchas inútiles, de niña que ya ha crecido, para que nadie venga a robar mi C.S.B pues el vestido que lleva (mi bebé Toshiba) puede que alguien quiere levantárselo para verle sus bellas piernas.
Qué rareza la propiedad de la mente!!
Poco más, otra vez los aviones vienen a robar todo un continente de mi alma.

ESTE COCHE NO ESTÁ ABANDONADO

Este blog no está abandonado, tiene una dueña que todas las noches sueña que lo llena hasta arriba como una copa de champaña

Pero estoy de vacaciones, no tengo internet, y me dedico a lo que todos: "Terminar y revisar mi libro".

Además de leer Fiesta y descubrir que la prosa de Hemingway, como dijo aquel jurado en un Gran Premio literario, es subterránea.

El periodismo mató al poeta.

Ya volveré, gracias por veranear y seguir viniendo a saludar.

El sol y el niño

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-Yo no he inventado el calor. Es el maldito traje que me viene demasiado largo y lo tengo que arrastrar por la faz de la tierra, como una novia con una cola apabullante.
El que habla, agitando sus mofletes incendiados, es el sol. Bajo él pasean unos cuantos incordiados con el volumen del "vestidito" de dama casta, a punto se poner su vientre al servicio de la reproducción, que luce el rechoncho de las alturas.
-¿Dónde está el niño que me prometieron? Dijeron que me ayudaría a levantar todo esto -dice, juntando y desjuntando sus labios ardientes.
-Ay, el pobre murió hace tiempo, nada más tocarte se desintegró porque todos sus átomos se alteraron. Fue como si una bandada de pájaros rompiera a volar, pero era él quien se rompía en miles de pedazos -replicó alguien que se untaba de arriba abajo con un espeso repelente de sol.
El sol y el untado se miraron intensamente. Una lágrima se pavoneó en uno de sus ojos solares, y cayó de la misma forma en que cae un puñal, pues al segundo e…

El presidente de Israel

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-Al Señor Einstein le han ofrecido la presidencia de Israel...
Esto era lo que se rumoreaba por los sacrosantos espacios de la ciencia, en esos laboratorios por donde se desparramaba el saber en cantidades industriales.
Un hombre bajo, encalado de blanco como una casita de las islas griegas, esparcía el rumor desde la plataforma de sus pulmones. A su paso, los anteojos se columpiaban en las narices a punto de perder el equilibrio por la estupefacción.
-¿Qué dice, Doctor Amelio? ¿Acaso Israel ha perdido el juicio? Einstein es uno de los nuestros, no se puede unir a la clase política, nos daremos de guantazos con el que ose llamarle presidente.
El Doctor Amelio era bajito, pero no estaba loco. Las cosas desde abajo se meditan mejor porque el sol se queda jorobando los cocoteros de los altos, y los hombres retaco siempre piensan a la sombra de los larguiduchos.
- Es verdad, es verdad - el doctor Amelio apuraba los últimos sorbos de aire que le quedaban en los pulmones.
Cuando todavía estaban…

El plantón

Bueno, Lynn no está para crear montículos de palabras, la prosa ha quedado postergada porque la muerte ha venido a visitar a uno de mis perros.

He estado cinco días acompañándola porque quería darle la despedida plácida, ese mordisco de placer que te da Drácula; te quita la vida, pero es atractivo.

Estuve cinco días, nos dio plantón y tuvimos que ir a buscarla a lomos de una jeringa. Era demasiado duro esperarla, pero el cuerpo ya no estaba para esas paciencias intempestivas.

Había que irse, y hoy se ha ido.

Lynn se ha quedado afectada, cinco días son demasiada espera para la mente sana, por eso, mis disculpas, y perdón por el plantón, pero es que fue la muerte la que me dio esquinazo y la tuve que ir a buscar para mi perra.

Sé feliz, montículo de ladridos.

La Y.M.C.A

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-Por unas horas dejé que me ultrajaran. Un nuevo trabajo, más horas de fustigamiento ocular ante el ordenador, un poco de felicidad monetaria, y unas terribles ganas de despedazar al ente virtual que me tecleaba órdenes a través de un chat.

¿Podría ser don H. MILLER quien suscribe la queja? Probablemente, pero faltaría un subsanable detalle:
-Por unas horas dejé que me ultrajaran. Un nuevo trabajo, más horas de fustigamiento ocular ante el ordenador, un poco de felicidad monetaria, y unas terribles ganas de despedazar al ente virtual que me tecleaba órdenes a través de un chat, y cuando terminé me puse a escanciar mi semen en un par de damiselas nada en apuros.
Ahora sí, la mentira es más convincente con ese matasellos ordinario y puerco.
Bien, seguimos.
-La Compañía Telegráfica Cosmodemónica de Norteamérica me ha pagado mi primer sueldo, pero juro que no compensa. Sólo compensaría si después engordo y me pongo a parir historias. Todas bellas, hermosas y de rostro sonrosado. Voy a irritar…

La ducha de Montag

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Las luces despertaban en el cielo cuando Guy Montag zanjó su jornada laboral. Abrió la ducha y dejó que el agua creara unas bárbaras cataratas sobre sus pectorales, se vanaglorió de sus Iguazús y condujo sus manos hasta el champú, las ahuecó y la sustancia desparramó su viscosidad.
-Pero qué guapo estoy -dijo, cuando estuvo ante el espejo que con su bruma de baño caliente se negó, al principio, a reflejar tanta belleza.
Montag, el bombero, estaba contento. Los cabellos húmedos tenían ese aire de marine de la I Guerra Mundial, y, aunque pareciera que estaba a punto de salir a pasear dispuesto a sobresaltar el aparato reproductor de alguna fémina, no lo hizo.
Y M. se caló el pijama a cuadros que guardaba bajo la almohada, eso sí, se negó a abotonar la camisa pues la selva morena del pecho era digna de ver mundo, y que el mundo la viera a ella.
Montag se metió en la cama, y sacó un libro de la mesita de noche.
El bombero quemalibros se dispuso a leer como todas las noches, puesto que nuestro…

Las vidas de Hemingway

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Lucius observó a su hermana con el pecho dando volteretas orgullosas, pero no despegó su mirada de la prosa de Hemingway. París era una fiestanoqueaba todo intento de entablar conversación, era tanta la algarabía que exhalaba el tal Ernest que la fiesta ya adquiría rango de botellón. Lucius se imaginó en los campos Elíseos, tumbado bajo la sombra de una espumosa litrona radiante de primavera.
Mientras, la Torre Eiffel ganduleaba en ese lecho algodonado con ráfagas de azul, al tiempo que el viento atravesaba con saña su cuerpo anaranjado.
Lucius detestaba los toros, pero no podía evitar amar a Hemingway. Tenía tanta fuerza su palabra, que creía asistir a un acto de resurrección de H. cada vez que leía uno de sus libros.
Ernest recuperaba sus carnes (perdidas en 1961), vigorizaba su voz y metía sangre en sus venas cuando alguien lo leía.
Y el escritor se plantaba, palpable como el papel, y emprendía la cháchara de su vida parisiense; de lo feliz que había sido en aquella ciudad en los año…

El sol, la mujer y el pez

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El verano se descuelga del cielo, con la ayuda del sol que abre surcos de rayos ultravioleta solamente esquivables con factor de protección 50. Estar bajo él es como campar bajo una espada invisible que hace mella en el mismo rincón de tu piel, una y otra vez, es un rayo autista.
Pero, a pesar de todo, la señora tendió su cuerpo lánguido, y relamiéndose de sol, sobre las rocas.
Tenía ligeros terrenos ya negros como el chapapote; los pechos ya tenían la cubierta tiznada y la aureola había perdido la frescura de antaño para transformase en un dique oscuro y fantasmagórico.
La mujer se dio la vuelta. La manecilla del minutero también dio otra vuelta. Y el sol siguió quieto.
Pasaron las horas, y la señora se retiró con sus miembros oscurecidos y apaleados por el sol hacia su hogar de veraneo. Los ojos, que flotaban como islas blancas en su rostro, buscaron sus pertenencias diseminadas, y se las encaramó al hombro.
-Odio este mundo -dijo ella, tan soprendentemente como si un esqueleto hablara.

EL AVIADOR DE LOS SUEÑOS

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El chico quería ser aviador, nada de piloto, sino aviador. Esa profesión romántica, de ensueño, que permite que rasgues su superficie de algodón con sólo asomar la mano por la ventana.

Pero, después, estaba el gran escollo, lo que el padre meditaba para el hijo.

-Yo quiero ser un SaintExupéry. Viajar por los cielos, y sentarme, luego, a garabatear mis sueños en las cuartillas y, por supuesto, morir estrellado en alguna duna arenosa y gigante que surge, de repente, para prestarme su lecho de playa.

Pero el "pater "no entendía a los principitos, jamás lo había leído, e ignoraba que había planetas así de minúsculos, que los recorres con un paso, que tienen una luna por lámpara, y un par de estrellas por espías.

De modo que el aviador, a pesar de que ya andaba pertrechado en su chaqueta de cuero -con una águila dibujando un vuelo en la parte trasera- y las botas asesorando a sus pies sobre el mejor camino para seguir a los sueños, pues a pesar de todo eso, el chico se quedó solo, va…

El tal Hob

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Huxley, Orwell y Bradbury se encontraron un buen día en plena calle del siglo XXI.
Los tres con la mirada enmarañada y amnésicos, de modo que ni ellos mismos sabían quién de los tres era O., H., o B.
Se escudriñaron porque pensaban que las pistas nunca están a la vista, sino dentro, hundidas en la oscuridad, en los recovecos del castillo con telarañas que era su indumentaria
-Madre mía, ese sombrero es demasiado trasnochado, nos van a mirar todos, bájatelo de la sesera y a ver si encontramos una tienda donde suavizar nuestro desfasamiento- dijo, echando miradas desconfiadas el que estaba casi seguro de que era Orwell.
Hob (Hux.Orw. yBrad. pues podrían haber formado un ente así denominado, ya que ignoraban quién era quién) echó a andar con paso irregular. Un trío mal ensamblado que, sin embargo, babeaba por los mismos trajes de chaqueta expuestos en los escaparates de las tiendas más refinadas.
-¿Y por qué crees que tú eres Orwell?
-¿Te viene mal que lo sea? Tengo que serlo, mira a toda es…

El abrazo del arnés

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Lynnsinhill se sentía menos Lynn y Hill que nunca. Eso sí, había mucho "sin", un aderezamiento excesivo, porque no había forma de dar un paso sensato por la roca, los brazos se abrían y los pies resbalaban en una especie de puenting raro e inverso.
-Tendré que cambiarme el nombre -reconoció Lynn, comprobando que el arnés quedaba sobre su cintura como el abrazo prieto de KingKong.
Crishsinsharmaestaba detrás, apostado en una roca, entretenido. Una risa desatada y rauda se desparramó como polen.
La decoración (los músculos) de la espalda y los brazos de Lynn no servían para nada, porque la maldita cabeza se había desacostumbrado a los achaques de la adrenalina.
-¿Dejarás de llamarte Lynnsinhill?
-No creo -replicó, oteando la cima- Todo es como esta roca, la metáfora sirve para todo, hasta para la literatura.

EL TELESCOPIO VACÍO

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Hacía un calor tan imperioso que no se podía encerrar afuera. Las axilas flojeaban con unos manantiales ininterrumpidos, y el señor Tolstoi odiaba con una ferviente convicción sus barbas blancas y ralas, que tapiaban su piel a la brisa y la dejaban ahí, engullendo su propio sudor.

Aún así, el señor Tolstoi se negó a rasurar. Afeitarse la barba habría sido el primer atentado ecológico, una tala abominable que sus admiradores y su propia mujer habrían catalogado de afán especulativo por parte de algún alcalde.

Así que León siguió meditabundo extendido como una toalla bajo la sombra de un par de pinos.

Don Tolstoi no hacía nada, al menos nada visible, porque por dentro (en su mente) se oían los golpes y el martilleo de una gran obra en construcción.

Pero el escritor estaba triste:

-Ya he escrito "Ana Karenina", "Guerra y paz". Soy un buen escritor, me reconocen. Mi mujer me ama, y yo a ella. Tengo hijos, muchos, todos sanos, me adoran y les adoro.

Las manos se fueron a la …