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Mostrando entradas de junio, 2008

El disfraz de superhéroe

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Llevo tanto tiempo bajo el disfraz de batman (Lynnsinhill) que me cuesta ya firmar bajo mi nombre heredado.

Ayer, en la carpa de la Fnac, quise estampar un Lynnsinhill pero mi mano sólo pronunciaba unos torpes A.D. y, para colmo, yo me moría por escribir epitafios o versos de amor; algo útil para el lector, mucho mejor que unos "para x... con cariño de..., que lo disfrutes".

Ay, cómo envidio a los muertos de Perè Lachaise, nunca se enfrentaron al boato de su personalidad... Aunque yo, ayer, simplemente salí de turismo por la profesión de escritor, (a veces, se celebran viajes organizados para gente como yo) y ya he vuelto de mi incursión por esos lares exóticos bajo foco malicioso, y con micrófono que desdeñé porque ¿quién soy yo para que me escuchen multitudes?

La Lynn descansa en paz en su guetto virtual, con su disfraz de superhéroe, con su montaña al fondo... y sus sueños sin paripé de escritora.

¿...?

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El perro se puso a ladrar. Era de noche y su mancha blanca en el pecho flotaba como un fantasma aguerrido... El resto de su cuerpo, de un marrón atigrado, no se veía: como si alguien hubiera apagado las luces en la mansión canina, sólo la mancha blanca danzaba con su "wof, wof", a cuenta de un "uhh, uhhh" fantasmal.

Cuando el hombre se aproximó a su can, el tren empezaba a pasar. Todo su tinglado interior se revelaba gracias a las lamparitas de los pasajeros... ¿Crees que dormían? Maldormían. Cuando la chica se subió en la estación de Bruselas, ya eran más de la una de la madrugada, y las almas interrailistas desparramaban sus miembros cansados por los curtidos asientos.

No fue fácil encauzar los pasos por aquel pasillo mordisqueado por pies, brazos y cabezas inconscientes. Después un asiento frente a una pareja fue la cama que el azar inventó para la chica.

Pasaron horas de sueño y, tras el cristal, cerca de las siete de la mañana, comenzó París.

La advertencia del loco

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La chica llega. La biblioteca crece hacia abajo, con sótanos refrigerados y libros del mil ochocientos no sé qué.

Los ascensores tienen un murmullo escandaloso, se abren y se cierran depositando lectores por la planta. Para verlos, hay que asomarse por arriba de los escritorios e intuir sus crestas peinadas, subiendo y bajando, como un mar ajetreado de cabellos y mochilas.

Luego, ella vuelve a sus estudios. La refrigeración marca un ritmo de animal que respira con dificultad.

La chica se acerca a las estanterías, toma uno de esos libros, esos testamentos de los genios; AliceinWonderland, una edición antigua, magullada por esos cien mil ojos que lo han leído rellenando con esa lectura sus tardes. Su portada es ya como un cuento, dentro de otro, porque evoca y es contemporánea a la infancia de sus bisabuelos.

Lo tiene que coger por el placer de tener un vis a vis con sus letras.

Después, Treasure island por donde se arrastran patas de palo, y corazones avaros y locos por la caricia indifere…