La fiesta eterna

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El tipo paseaba con el pelo bien teñido por las callejuelas del cementerio. Estaba seguro de que con aquel disfraz de juventud engañaría a la muerte. Así que paseaba tranquilo y sin temor a esos dolores que, de vez en cuando, se le declaraban en el cuerpo. Pequeños incendios que apagaba con una aspirina o un ibuprofeno eternizándose en el estómago.
También pensó que más que andar tenía que trotar como un veinteañero, de modo que le imprimó un brioso diapasón al asunto.
Las arrugas hacía tiempo que las tenía metidas en vereda ya que un planchado mensual con su experto en estética dejaba su cutis terso y listo para asombrar.
Así de regocijado por su aspecto, pensó que aquel skyline de cruces, panteones y esculturas funerarias jamás le tendría como miembro destacado de su comunidad. Pobre, no sabía lo que se estaba perdiendo porque allá abajo, aunque hacía tiempo que no quedaba en pie ni un brazo ni una pierna incorrupta, las juergas eran constantes.
Sí, las almas de los fallecidos viajaban, recorrían los planetas, habían veraneado en Mercurio, en Titán y alguno que otro más todavía por descubrir con las trazas de una Tierra primigenia.
Por las noches acudían a los conciertos de David Bowie, Lou Reed y de Elvis Prestley, entre otros muchos de rompe y rasga que la muerte engulló para llevárselos de parranda al otro mundo. Era un placer escuchar a Bowie alternando su voz con la de Freddie Mercury en su interpretación de 'Under pressure', y luego bañarse en una playa infinita donde, además, no era preciso untarse con crema solar, pues no había cánceres de piel ni pieles que proteger, ni siquiera vida que mantener. No había nada. Solo placer.
No se preocupaban de los políticos, no había jaleos que gobernar y todo transcurría de manera celestial.
Pero qué iba a saber el tipo de pelo morenazo gracias al ímpetu de un cubre canas. Él solo entendía de facturas, de elecciones, de que la basura hay que bajarla por la noche, de que en el Black Friday hay que comprar –y mucho–, si no es que eres tonto...
Pues eso, ¡qué iba a saber él! Pero poco importaba, también algún día él recibiría su invitación para la fiesta eterna. Menos mal.



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