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Mostrando entradas de 2020

Orden de alejamiento

Hay que prodigarse más por aquí. Lo reconozco. El calor, la maternidad (de tres niños) y unos restos de trabajo como redactora freelance que todavía resisten a esta crisis me tienen en constante deserción literaria. Parece que hayan dictado para mí una orden de alejamiento... de la escritura. La he maltratado durante los últimos años y ahora ya no me dejan sentarme a su lado a soltarle piropos.
Eso sí, veo que otros la homenajean con palabras bonitas. Sí, autores que se sientan día sí día también a escribir al dictado de las musas.

Eso sí, la lectura progresa adecuadamente y puedo sentarme aquí hoy a enorgullecerme de los títulos que me han acompañado durante este infeliz (y pandémico) año 20.
'Testamento de Juventud', de Vera Brittain con una pandemia de guerra que arrebata todo y se queda tan pancha.'El secreto de East Lynne', de Ellen Wood. Una de esas novelas escritas por una mujer contemporánea a Dickens y que vendió casi tanto como el prohombre de las letras ing…

'Casablanca sin Bogart', soon in your bookstore

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Vengo aquí, a esta plaza virtual, a declarar que de este año no pasa, que quien tenga curiosidad podrá leer mi primera novela publicada de la mano de la Editorial Titanium.
Reconozco que 2020 es un año para estarse quieto, para no moverse ni un ápice, pero resulta que me toca publicar. ¡Cualquiera lo díría viendo cómo se las está gastando el presente año! Una buena noticia (para mí) en pleno caos pandémico.
El caso es que en breve saltaré a los ruedos literarios con 'Casablanca sin Bogart' que, por fin, amanecerá en papel para unirse a la meritoria colección de esta editorial de Torrelavega cuyos títulos me estoy animando a leer en las últimos meses.
El sello que ha confiado en el gracejo de mis personajes y la fuerza de mi argumento es pequeñita, pero matona y viene –como se suele decir– pisando fuerte.
Aviso que se avecinan unos meses 'curvosos' para que en otoño esté lista para buscar su sitio en los escaparates de las librerías.
La escribí hace más de una década y…

Al desdén con el desdén

Ya estoy bien entrada en años, en años literarios. Sí, así podría llamarlos. Me han abofeteado tantas veces las editoriales y algún concursillo con enjundia (o sin ella) que he desarrollado una coraza medieval que me queda francamente bien.
Tanto guantazo facturado desde unas manos editoriales ya me deja bastante indiferente. Antes las tenía endiosadas y lloraba porque no me acariciaban, pero ellas preferían molerme a palos con su desdén.
Tengo las esperanzas muy magulladas, pero me reestablezco y recorro mi camino ajena a sus desaires. Hace tiempo que hago esto por el placer que me procura hilar esta prosa, estas historias, este desahogo...
Así que al desdén con el desdén.

Desarmado en la trinchera

–No venga más. No es seguro para usted. Pídale a una nieta que se ocupe de su compra.

Sí, así la despachó la cajera del supermercado. Doña Concha ignoraba si se lo había dicho al menos con una sonrisa amable en el rostro pues la mascarilla le emborronaba la cara y la voz juvenil de la empleada tenía que lidiar con aquel incómodo invento higienizante. "Las sonrisas ya no tienen sentido. ¡Qué gran pérdida! Han sido las primeras en caer en esta guerra", pensó Concha mientras apretaba el paso asida al galante brazo de su marido.
Caminó con ligereza e incluso con elegancia por la calle. Nadie hubiera dicho que la propietaria de aquellas piernas era una octogenaria. En cambio, su marido tuvo que detenerse puesto que las varices que le sobrevinieron a causa del largo encarcelamiento durante la Guerra Civil le abocaban a paseos pausados y disimulados ante los escaparates. Ahí se ensimismaba con el variopinto género sin hacer distingos. Televisores, medias, calcetines o unas botella…

Confinamiento

Niños; ruido, música, discusiones, juegos, risas, nostalgia, un poco de ira y otro tanto de histeria.

La metralla de Rayito

Debajo de la mesa había unas tricheras donde Rayito soltaba la metralla de su caca y de su pis. Era un perro de menos de un año, pero no había manera de que entendiera las nociones más básicas de eso que llaman compostura de animal doméstico, pues él era un salvaje, una fierecilla indomable que cagaba a los cuatro vientos a pesar de los paseos que su amo le endilgaba con la fe de que se animase a soltar lastre intestinal en un descampado.

Sin embargo, no había forma. Él se obstinaba en su letrina casera, y volvía con la tarea pendiente, los deberes sin hacer y es la terraza de su ático donde se explayaba. Ahí las plantas permanecían a buen recaudo de sus mordiscos gracias a que el animalillo permanecía atado la mayor parte del día.

Llegaba el mediodía y sobre el pavimento de la terraza descansaba el repertorio de la comida del día anterior tras una cita con el estómago y el intestino. Rayito era pequeño, pero cagaba como un tironosaurio rex al que le emparentaba una caca continua e i…