La metralla de Rayito

Debajo de la mesa había unas tricheras donde Rayito soltaba la metralla de su caca y de su pis. Era un perro de menos de un año, pero no había manera de que entendiera las nociones más básicas de eso que llaman compostura de animal doméstico, pues él era un salvaje, una fierecilla indomable que cagaba a los cuatro vientos a pesar de los paseos que su amo le endilgaba con la fe de que se animase a soltar lastre intestinal en un descampado.

Sin embargo, no había forma. Él se obstinaba en su letrina casera, y volvía con la tarea pendiente, los deberes sin hacer y es la terraza de su ático donde se explayaba. Ahí las plantas permanecían a buen recaudo de sus mordiscos gracias a que el animalillo permanecía atado la mayor parte del día.

Llegaba el mediodía y sobre el pavimento de la terraza descansaba el repertorio de la comida del día anterior tras una cita con el estómago y el intestino. Rayito era pequeño, pero cagaba como un tironosaurio rex al que le emparentaba una caca continua e inacabable. Como el hilo de Ariadna, como las miguitas de pan de Pulgarcito... A Rayito era fácil seguirle la pista. Sherlock Holmes lo tendría tirado si algún día se perdiera el pertinaz perrito. 


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