Desarmado en la trinchera




–No venga más. No es seguro para usted. Pídale a una nieta que se ocupe de su compra.

Sí, así la despachó la cajera del supermercado. Doña Concha ignoraba si se lo había dicho al menos con una sonrisa amable en el rostro pues la mascarilla le emborronaba la cara y la voz juvenil de la empleada tenía que lidiar con aquel incómodo invento higienizante. "Las sonrisas ya no tienen sentido. ¡Qué gran pérdida! Han sido las primeras en caer en esta guerra", pensó Concha mientras apretaba el paso asida al galante brazo de su marido.

Caminó con ligereza e incluso con elegancia por la calle. Nadie hubiera dicho que la propietaria de aquellas piernas era una octogenaria. En cambio, su marido tuvo que detenerse puesto que las varices que le sobrevinieron a causa del largo encarcelamiento durante la Guerra Civil le abocaban a paseos pausados y disimulados ante los escaparates. Ahí se ensimismaba con el variopinto género sin hacer distingos. Televisores, medias, calcetines o unas botellas de buen vino, no importaba. José María se ponía al día del entramado comercial del barrio mientras que sus piernas se reponían un poco para luego retomar el trayecto de vuelta. Si se topaba con un providencial banco, ahí que se iban raudas sus posaderas. Pero ahora la policía los había precintado y tenía que sobrellevar el trance mirando con nostalgia esos asientos callejeros por los que se pirraban sus extremidades.
Se había quedado calvo también. Según le había contado a su nieta, la melena le quedó prendida a la rama de un árbol juguetona que le dejó así destocado de por vida. Por supuesto, no era cierto, pero la mente infantil concedió total credibilidad a aquel melodrama capilar.

Sin embargo, su esposa tenía prisa. Le desesperaba el ritmo pausado de José María que pasito a pasito iba remontando la calle hasta la vivienda de la pareja. Ni corta ni perezosa le soltó que le esperaría en casa. De modo que la mujer se desembarazó de su brazo y se internó con brío por la acera de enfrente. Su marido se quedó mirándola como quien contempla, harto del suelo, el vuelo de un ave. Así se sentía Pepe (¿nos podemos permitir esa familiaridad?).

Este zapatero jubilado ahora contemplaba sus manos un tanto asustado. Concha se había llevado consigo el gel hidroalcohólico y él temía rozarse la cara por despiste. Le habían dicho que tenía que lavarse constantemente las manos e incluso portar mascarilla para protegerse, pero él iba a cara descubierta.
Sintió que su cabeza se asomaba peligrosamente por las trincheras (como en aquellos tiempos aciagos) y que el enemigo estaba ahí, serio y concentrado en su objetivo. Pero el pobre José María se había dejado el fusil y el casco olvidados a la vera de su catre de combatiente.

"Concha y sus prisas", se quejó, mientras hacía un esfuerzo por ser más consciente que nunca de sus manos y a dónde las llevaba sin pretenderlo.
Las miró. "Ahí, quietas. No os atreváis a tocarme la cara", las amenazó contundente. "No sois enemigas para mí. Si el virus esta ahí, ni se os ocurra moveros de donde estáis. Llegaremos pronto a casa y entonces os lavaré como nunca antes me había tomado la molestia de hacerlo".

A lo lejos divisó la figura de Concha aguardándole en la puerta. La anciana se había percatado de que le había dejado solo y desarmado frente aquel enemigo astuto. De modo que se había apostado en la entrada y aguardaba a su marido con el gel hidroalcohólico en ristre. Estaba arrepentida, nerviosa y se recriminaba esa impaciencia por la que había dejado a su José María desamparado y a merced del tozudo bicho.

–Toma, José María, perdona –declaró contrita en cuanto lo tuvo a su alcance–. Me he ido sin darme cuenta de que me llevaba este bendito jabón... Pon las manos, sí, que te pongo un poco. Frótate con vigor. Ahora sí, entra a casa, lávate de nuevo, te cambias y comemos el cocido que he preparado.

Ambas figuras, con las manos correctamente higienizadas, se adentraron en la vivienda y cerraron la puerta tras de sí. Nunca más salieron. Bueno, nunca más salieron por esa puerta porque arriba tenían una terraza, en lo más alto de su espigada casa, con una salida celestial por la que se fueron directamente al cielo estos abuelos míos que no tuvieron que vérselas con este virus tremendamente viajero, pero sí con otro tipo de trincheras por las que volaba la metralla.

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